-Hijo, vamos a hacer un trato, cada vez que ofendas a alguien clavarás un clavo detrás de tu puerta. Así lo hizo el niño, el primer día clavó 72 clavos, el segundo 68, el tercero 60, el cuarto 51, hasta que llegó el día en que no clavó ningún clavo. Muy contento fue donde su padre y le contó: Papá! Hoy no he clavado ningún clavo y qué feliz me siento!, entonces su padre respondió:- bueno ahora, entonces, cada vez que logres controlar tu lengua sacarás un clavo de detrás de tu puerta.
Fue así como entonces cada día que pasaba, el niño iba sacando más clavos de detrás de su puerta. El primer día sacó 2, el segundo sacó 5, el tercer día sacó 8, hasta que llegó el día en que no quedaban más clavos detrás de su puerta.
Fue entonces feliz a contarle a su padre: - papá! Ya no quedan clavos detrás de mi puerta! He aprendido a controlar mi lengua y mi carácter!, entonces el padre lo tomó de la mano y le dijo: - ven acompáñame. Y llevándolo a su habitación cerró la puerta y le dijo: - hijo ¿ves todos esos hoyos tras la puerta de tu pieza? Esas son todas las marcas que tú has clavado en los corazones que hace meses, semanas o días ofendiste.
Lamentablemente hay marcas que no podrán borrarse y aunque tu has podido superar tu carácter algunas de esas heridas siguen sangrando.
Amigos, hay veces en que un mal día, una discusión, una envidia, un orgullo, etc, nos hacen reaccionar de manera equivocada, y aunque muchas de esas veces nos arrepintamos, no siempre se puede pedir perdón, ya que a veces herimos incluso a gente que no conocemos ni volveremos a ver. Esas heridas van dejando marcadas otras vidas y así vamos perdiendo amigos, familiares y seres queridos. No dejes que tu lengua domine tu carácter y tu vida, más bien permite que tu forma de vida domine tu lengua y aunque te humilles o te tragues la ira, recuerda que Jesús no solo calló y fue humillado, también fue apedreado, escupido y maldecido.
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